Language City

De esta sucia ciudad sólo recuerdo un nombre que no contiene nada. Ella no es un hogar aunque puedo reconocer en mí un deseo de haberla sentido o de sentirla de nuevo cotidiana. Pero, ¿qué he de hacer allí?, ¿al otro lado de qué puertas podré sentirme propio? No hay comunicación posible entre esta ciudad y yo. Espero con igual ansiedad la llegada y la huida.

Las tijeras de Timur

Timur ejercitaba un juego al que no todos tienen acceso. Timur señaló los límites de las posibilidades del hombre, mostró lo que después descubriría Dostoyevski: que el hombre lo puede todo. Su obra se puede expresar con la frase de Saint-Exupéry: "Lo que yo hice, nunca lo hubiera hecho un animal". En lo bueno y en lo malo. Las tijeras de Timur tenían dos brazos: el de la creación y el de la destrucción. Estos son los brazos de la actividad de cad hombre. Sólo que habitualmente estas tijeras están apenas abiertas. Las de Timur, en cambio lo estaban hasta el máximo.

Ryszard Kapuscinski, «El billar en la mezquita de Bujara» en Las botas (La guerra del fútbol)

àporoi

Somos el cereal, el pasto, el multitudinario río de huevos de esturión y también aquel bar en Inglaterra en el que una muchacha salta con sonrisas y cola de caballo. Venimos del este, de donde no existe el mar. Habitamos los ojos del joven que atraviesa Paral·lel acelerando su moto esta noche cualquiera. Pervivimos así, vueltos máscara y nombre de otro pueblo, otro dios. Hay quien llevando un lazo y un sombrero se acuerda de nosotros sin que pueda siquiera sospecharlo. Así hay quién nos mira de lado y especula
-Mira, cómo se deshace esa gente.
-Cómo vive.
-Cómo llega rompiendo, quebrando pervirtiendo.
Y se llora, se gime, se vuelve un poquito atrás como si eso pudiera eliminarnos.
Nosotros somos la espada y la pared. Hemos llegado hasta aquí porque somos aquello que nos teme y deforma: la mujer serpiente de los bosques de Hilea, el sahumerio hilarante que acalla la congoja, la cimitarra, la roca en la que no se sentaba el sapa inca, el peligro que recorre Europa en un caballo o un tren. Por más que lo pretendan no podrán ser peores que nosotros porque estamos en ellos. Bebemos la misma sangre que sus labios añoran, la misma libertad. Nuestra victoria es el cielo abierto sobre nuestras cabezas, la línea del horizonte, la máscara que no llevamos y en nosotros se quieren colocar. Y tal vez no haya más que decir al respecto. Sentarse en una calle a mirar nuestros pasar. Alzarse. Caminar.

Esperando a los bárbaros

Los imperios han creado el tiempo de la historia. Los imperios no han ubicado su existencia en el tiempo circular, recurrente y uniforme de las estaciones, sino en el tiempo desigual de la grandeza y la decadencia, del principio y el fin, de la catástrofe. Los imperios se condenan a vivir en la historia ya conspirar contra la historia. La inteligencia oculta de los imperios solo tiene una idea fija: cómo no acabar, cómo no sucumbir, cómo prolongar su era.

J.M. Coetzee

Usos y costumbres

(ficción elaborada junto con Mariel Martínez en el Caffé Poeta de Cuernavaca el día 25 de marzo de 2010, durante una noche fresca en la que no había ningún lugar hacia el que ir)

Eran las once de la noche cuando Deménico golpeó el tarro vacío contra la tabla al contemplar a Gondola sacudir sus caderas tahitianamente sobre la barra del bar.

- A México -se dijo.

El bar estaba vacío. Ocho minutos después, acabado el show exótico, siguió a la bailarina hasta el baño.

- Oye tú -le espetó- ¡Vamos a México!

Góndola se volteó: chica menuda de rasgos afilados y mirada voraz.

- ¿Cómo?

- ¡México! ¡Carajo! ¿Qué no sabes dónde queda México, o qué chingados?

Ella guarda silencio. Se mira en el espejo colocándose el cabello detrás de la tiara. Le irritaban las ganas de mear, el borracho exigiéndole desde la puerta del baño. Sin dejar de sonreír acaba respondiéndole

- Aguántame cariño, me voy a hacer pipí.

Pasa un minuto, dos minutos, él se rasca la panza, se acomoda el calzón demasiado ajustado. ¿Qué diablos estará haciendo esa puta asquerosa? Se pregunta. México, qué carajos.

- ¿A México a qué, perdón? -aseadita Góndola, limpia, como recién salida del camerino para empezar a actuar.

- No pues vamos a ver a un amigo.

- ¿Por quién me has tomado? -se coquetea- ¿Con dos? ¿Y en México? NoNoNo, NoNoNoNoNó, NoNoNóNoNoNoNó.

- Ándale mona. Mira que te sabré recompensar.

Al fin salen a la calle. Doménico:

- ¿Cuál es tu carro?

Góndola:

- (silencio)

Doménico:

- ¿Ayúdame no? Hoy por ti, mañana por mí. Sin maíz no hay país, acuérdate. ¿Ya póntela no?

Góndola le mide el tiro. Bah, piensa, ni siquiera me han pagado por el show.

- El Brasilia canario -le responde.

Abre el bolso, rebusca, saca

latas de conserva

periquillos

flamencos

plantas artificiales

un aerosol

hasta encontrar las llaves

- Me agarraste de buenas, mano. Pero conste que pagas la gas.

Saca Doménico un fajo de billetes del bolsillo y exclama

- ¡Andiamo!

Góndola abre las puertas, suben enciende y queda Cuernavaca atrás como un resplandor de luces y un susurro de frenos.

- Oh, Gondolita, Gondolita. Es usted tan amable, tan amable. Tan amable es usted, Gondolita.

Veinte kilómetros más.

- Es tan amable Gondolita. Tan amable de veras. Tan amable

- Mmm.

- Tan amable.

Las luces de la gran urbe se levantan frente a ellos. Han cruzado montañas y treinta millones de imbéciles les saludan: ¡Oh, Valle de México! ¡Cuánto tardarás en pudrirte entre tus aguas fecales!

- Fecales, fecales, fecales-

- ¿Y por qué México, a todo esto?

- Un amigo.

- ¿Ah?

- Un amigo que se encuentra aquí. Una vez me dijo: Si el hombre pudiera decir y nada más, si el hombre pudiera decir ¡Ah, chingá! ¡Imagínate si pudiera decir! Si pudieras tú por ejemplo, aunque no seas hombre decir, ¿qué diablos?, a ver, qué.

- Un poco raro tu amigo. ¿Es un sabio?

- Ay, Gondolita, tan amable tú. ¡Es un maestro!

Se pierden en calles donde no habita nadie, jardines incapaces de conocer el sol, tal es el detritus del que se rodea el d.f. Piensan en volver, ¿pero volver? Vuelva quien tenga terminado el camino, familia que abrazar. Vuelva quien triunfe.

A las 6:24 paran en un Oxxo. Góndola se relame y dice:

- Quiero unos Krankis.

Doménico corresponde:

- Yo unos submarinos.

Ella lo mira incrédula.

- De fresa.

Mientras él se aleja se acomoda la falda y añade

- También unos condones.

Doménico se sonroja:

- ¿Por quién me has tomado?

Sale del establecimiento masticando un submarino, maldiciendo entre dientes por los recientes acontecimientos. Se sube al carro. Góndola maneja con cuidado, dejándose guiar. Poco tiempo después Doménico le grita:

- ¡Detente! Hemos llegado.

- ¿Aquí? -pregunta, consternada, la conductora.

Paredes manchadas: anuncios de conciertos, el Rayo de Jalisco contra La Parca Jr. y la puerta de barrotes alumbrada por los focos del Brasilia.

- ¡Ni hablar! Yo aquí me bajo -protesta Góndola.

Para Doménico todo este viaje no puede haber sido en vano. Salta al asiento de conductor, mete primera pisa a fondo si apartarse de la puerta, estrellando varias veces el auto hasta romper la cerradura del local.

- ¡Mi coche! -protesta Góndola. Y corre detrás de él, atravesando pasillos, cipreses, lápidas polvorientas y majestuosos arreglos de mentira.

Doménico detiene el coche frente a una tumba aislada. Allá, lejos, al fondo del enorme cementerio. Góndola arremete contra su figura, arrodillada frente a la la losa y murmurante.

- Ahora vas a ver -le grita enfurecida-. ¡Joto de mierda!

Gemidos de placer rompieron la luz de la aurora, mientras el primer rayo de sol, se reflejaba, insensible, en la tiara de Góndola.

10 de diciembre, 25 de marzo...

Hablo de lugares que no me pertenecen. De un pasaje en Oporto que iluminan los coches, de un rastro de la historia hablando de Porfirio en Guanajuato. Hablo de canicas perdidas en el habitáculo 68 del Fuerte de la Concepción, de los belenes vivientes de Plaza de los Bandos. Música escandinava en una larga noche inabarcable. Hablo de un anochecer en VíaVía, las palomas volando por el parque Lezama y una vieja ambulancia atravesando el Ghetto por una avenida ancha y solitaria. Hablo de quarks y música ligera, de lenguas circasianas, de peplos, de guijarros, versos que ya perdí y el tiempo que me lleva a un once de diciembre del que no espero nada. Y de angustias, de una idea perdida que no quiero eludir y ya se aleja. Todo el tiempo retumbando en medio de mis ojos. A veces lo llamo Adén, o Trieste, Samarcanda pero tan solo son nombres que cifran imposibles. Quisiera hablar de un libro en una calle arbolada, el cielo azul cubriendo, tal vez, un escritorio futuro en el que sentarme a pensar y el que hablar de mapas, de plazas y amuletos, del cerro de Potosí, la iglesia de los Remedios y Tlön y Uqbar y la vieja Ragusa de la que huyen los hombres llevándose a sí mismos en cantos y en tradiciones, y las chicas que salen de Columbia para tomar un pastel, apenas despegadas del sudor y el deporte y una costa y paz para hablar del oprobio y la miseria de ser hombre.

Anotación o cita

- Su historia es inverosimil.
- Como todas las demás. Igual que toda historia codificada o no a la que sólo damos crédito por pereza.

Cambios

Camino de Salamanca
Álvaro Mutis
Yo debí atravesar el Trópico como quien cruza un puente. A bordo de un bajel o un paquebote compartir la ponzoña y el aliento con oleadas de tábanos y damas de merced. Tal vez me asomé a un río, mastiqué una piraña largo tempo cocida y desde ahí regrese, atravesando cordilleras, a la bruma, la brea y el desierto. Soy dueño de un odre por el que pasa el agua, el llanto, el sol, el vino. Mira de dónde vienen las punzantes ijadas de la espera: de las costas febriles del sur, de los páramos altos arrasados de viento y mansedumbre, de algo que alguna vez fui yo y ahora es un regato donde agonizan fetos y simientes, de la estepa sangrante que cuaja leche y desconoce miel. Sírvase usted de esta herida moral que ya supura. Sea usted invitado al humilde banquete de mi casa. Por la mañna, las terneras menean su rabo bañado de rocío. Las piedras en el suelo fueron pasos de mozas al ir a buscar agua. Huele a espiga y a vid. No me digas, mujer, que equivoqué el camino.